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Una vez más retomamos nuestro blog para compartir dos noticias muy positivas e ilusionantes. La primera de ellas responde a algo que llevo mucho tiempo queriendo anunciar y que por fin se ha concretado: tras muchos esfuerzos, la que se convertirá en mi primera novela parece haber encontrado el hogar que anhelaba y verá la luz -próximamente, pero sin fecha concreta- con la editorial sevillana Samarcanda. Llevará por título “La última partida” y será un homenaje a los maestros de la novela negra americana, los mismos que me invitaron a dar mis primeros pasos en esto de la escritura. Pronto espero poder desvelar más detalles al respecto, pero estoy convencido de que será un proyecto apasionante y espero que me acompañéis en la aventura.

Pero para no dejaros sólo con una promesa de lectura, me complace mucho comunicar que recientemente pude recoger la antología que reúne los textos ganadores y finalistas del II Certamen Dos Hermanas Divertida. Mi relato “Hans” obtuvo en dicho concurso una mención especial y me gustaría invitaros a que paseéis con él por las calles de Heidelberg.

Os deseo una feliz lectura:

Fuera hace frío, por eso Hans está sentado en esa mesa de la cafetería de estudiantes la mayor parte del tiempo. No todo el día, no quiere molestar. Sabe que su presencia no es del todo bien recibida, aunque se tolere más que en otros locales más selectos, más privados. Sus ojos siempre se posan fijos en algún punto y no miran nunca nada. Sólo caen muertos, lejos, muy lejos, de sus pensamientos, de él. El café reposaba en la mesa. Leche sin lactosa, dos de azúcar y las galletas que pudiera coger. Sin que llegue a llamar la atención.

Cuando el vaso está vacío y de las galletas sólo quedan migas, recoge su mirada de ninguna parte y sale a la calle. Pero, antes de salir, se queda cinco minutos pegado al radiador de la entrada, mientras los estudiantes, que entran con bufandas y gruesos chaquetones, apenas le prestan atención. Hans es una presencia cotidiana. No molesta, no abre la boca, no interrumpe, apenas existe. De vez en cuando alguien mira de reojo, pero son pocos los que lo hacen y pronto vuelven su mirada. Hans tampoco muestra demasiado interés por los clientes, las caras son familiares y anodinas.

Finalmente se decide a enfrentarse al frío. El radiador es más agradable, pero no le parece bien pasar el día con las manos pegadas a él. Las reglas exigen pasar desapercibido, y sabe cuándo es hora de desaparecer. Es la hora punta, los jóvenes vienen a comer a la Mensa, la cola se hace cada vez más larga. Hans echa un último vistazo al interior a través de la cristalera. Piensa que ha hecho bien en irse. Anda con paso cansado, como si estuviera borracho, pero no lo está. Hace años que no bebe una sola gota de alcohol. Café, galletas y alguna que otra comida que acepta de estudiantes ya conocidos. Él se deja convidar, aunque pocas veces lo pide expresamente. Comienza a nevar y los copos caen sobre sus desgastados zapatos, que adquieren levemente el brillo del calzado recién limpiado. Hans sonríe y sigue caminando solo entre tanta gente, siempre en la dirección contraria, siempre solitario. De los zapatos asoman unos calcetines deshilachados y unos pantalones viejos de pinza. También porta una camiseta vieja que apesta a establo y un jersey gris, tras el que se intuye un blanco perdido. El termómetro de Bismarckplatz marca 0 grados. Hans no tiene frío, es fuerte. Sin embargo, pronto irá a que le den un abrigo que alguien haya desechado, pues si no enfermará. Todos los años ocurre. Él no siente frío, aunque en realidad no siente casi nada; a veces tristeza y melancolía, otras una dulce felicidad que, se dice a sí mismo, no puede venir del presente, sino de algún otro lugar lejano perdido en el pasado. No padece aún la crudeza del frío, pero su cuerpo se quejará en algún momento. Lo sabe.

Después de recorrer con paso lento la calle principal, desde Bismarckplatz hasta Marktplatz, se sienta en un rincón de la plaza, en una esquina donde el viento no corre con demasiada violencia. Se sienta entre una cafetería y un kebap apartados, allí se siente cómodo, menos intruso que ocupando un lugar más visible y transitado de la plaza. Huye de los turistas. Coloca su vieja gorra y deja al descubierto sus cabellos grasos, densos. No habla, no tiene cartel, no saluda. No da gran valor al dinero, no es más que un fin para poder tomar otro café, sentarse a una mesa, ser alguien más entre la multitud. Jóvenes y viejos jubilados salen de los locales y echan en su gorra el suelto sobrante de sus compras. Pasan con un refresco en la mano, con un bocadillo, con unas patatas. Nadie le ofrece comida, nadie le saluda, apenas le miran. Las monedas caen como lluvia, no pertenecen ya al dueño desde que salen de su mano, son anónimas. Sobran, no son de nadie. Hans agradece entre dientes y sin levantar la vista. No es la vergüenza la que promueve su actitud, sino una humildad y una timidez que siempre marcaron su carácter, a excepción de aquellos años en los que el alcohol actuó, habló y tomó decisiones por él. Ahora, desde hace unos años, vuelve a ser él mismo de alguna manera. Más pobre, más solitario y más indiferente para el mundo que le rodea, pero él al fin y al cabo.

El sol pálido y plateado por el roce de las nubes apenas calienta. Al rato de estar allí parado, sobre el suelo de piedra antiguo y frío, consigue olvidarse de que está en un lugar público, de que la gente pasa como la corriente de agua de un río, de que los vendedores le miran porque ahuyenta a sus clientes. La plaza sigue agitándose bulliciosa, cargada de ruidos y prisas que nada tienen que ver con él. En una ciudad como Heidelberg no se conoce la pausa, la gente nunca parece quedarse en un lugar o, más bien, siempre parecen a punto de marcharse a otro. Es precisamente esto lo que le hace sentir incómodo, observado sin que a nadie le importe lo que observa. De reojo reconocen al vagabundo de siempre, que no es sino una pieza más de una ciudad que se desmiembra cada año, cada mes, cada día. Él, sin embargo, permanece. Aun así, aunque a nadie le importe, aunque nadie se pregunte ni le pregunte por su situación, las miradas siguen gravitando a su alrededor, sólo un segundo, como la de una madre que desaprueba lo que acaba de descubrir. Constantes, implacables, tan fugaces que se quedan clavadas como un aguijón imperceptible imposible de arrancar.

Hans, en ocasiones, se libera de toda esa acusación inexacta que le señala con el dedo, como si conocieran su pecado, haya o no uno que confesar. Logra evadirse y sentir que se encuentra en tierra de nadie. En su hogar, que es la invisibilidad, la ausencia. Marcha a través de su memoria a lugares del pasado y rememora sensaciones, impulsos, deseos que ya no son tan suyos, pero que despiertan algo en su interior que ya no remueve el presente, ni esas calles que recorre, ni esas personas con las que se cruza día a día sin que le pregunten su nombre ni su historia.

La tarde ha comenzado a enfriar, anochece pronto durante la época de invierno, terriblemente pronto. Recoge las monedas del interior de la gorra y no las cuenta. Se levanta, pesado como un saco de boxeo que ya sólo sirve para recibir golpes y no para infringirlos, y camina arrastrando los pies en la dirección de siempre. Escoge la ruta de abajo, más pegada al río y menos transitada, con el objetivo de no tener que esquivar a tanta gente. Pasea pegado a la pared, para evitar las corrientes de viento. Despacio. Ahora no piensa en nada, oye el murmullo que proviene de la calle principal, el silencioso rumor del río, sus propias pisadas sobre las piedras irregulares.

Al entrar al café alguien le sostienen la puerta. El joven sonríe, pero a Hans le inquieta lo que se pueda esconder tras la sonrisa. Tal vez sólo sean prejuicios -también él los tiene-, pero le cuesta no desconfiar. En la cola espera su turno. Mirada al suelo, gorra entre las manos para mantenerlas ocupadas, que no tiemblen, que no delaten el frío sufrido. Cuando le llega su turno aclara la voz y pide un café. Nada más. El chico enciende la cafetera, murmura el precio, como si le pareciese injusto cobrarle. Hans paga, tratando de que su mano no toque la del joven, y recibe la vuelta. La deposita en el vaso de las propinas con un gesto furtivo. Nunca olvida sus deudas, ni a aquellos que le ayudaron en algún momento. Su café ya está sobre el mostrador, el estudiante situado tras la barra sonríe y le da las gracias. Hay complicidad en su mirada, ternura tal vez, aunque Hans sabe que simplemente devolvió aquello que no le pertenece.

Las voces se arremolinan a su alrededor y ascienden, convirtiéndose en una sola, grave y profunda. Las palabras pierden su significado. Los ojos de Hans han regresado a la memoria. La agitación del comedor universitario es más acogedora que el desorden que reina en la plaza. Es más familiar, más suya, aunque ya no sienta nada como propio. El pasado es lo único que queda, pues por delante sólo se extiende una única y silenciosa noche. El futuro es así de corto.

Los pensamientos de Hans navegan, mecidos por el aroma del café, por las profundidades de la memoria. Su vida no fue siempre como es ahora. La misma ciudad le acogía, pero en los paseos por sus vetustas calles era tan ajeno al ajetreo de sus conciudadanos. Era uno más. Ahora, sin embargo, ya nadie le reconoce porque nadie quiere reconocerlo. Como si ahora fuera -¿lo es?- otro. Un desconocido. Un fantasma. Y él evita, en la medida de lo posible, importunar a los que le conocieron, a los que acaso le amaron. ¿Qué pasó? Hans bucea por los recuerdos -vagos, inconexos, improbables- en búsqueda de una respuesta.

Hace tiempo que no recorre la calle Plöck, esa vía tan larga y estrecha que transcurre en paralelo a la calle principal y por la parte superior del casco viejo. Él siempre escoge la ruta inferior, más próxima al río, menos transitada, pero también más ajena a su pasado. La Plöck está inundada de recuerdos, buenos y malos, claros y borrosos. Hans vivía allí con su familia, su mujer y sus hijos. Habitaban un apartamento amplio y austero, con el suelo de parqué y las puertas blancas como pizarras vírgenes. El interior puede observarse, aún hoy, a través de la ventana y desde la acera. Allí ya no vive nadie que perteneciera a la familia de Hans, pero eso él no lo sabe. Ellos ya no viven en la ciudad y él lo desconoce. Porque hecho el daño, Hans no quiso hurgar en la herida. Se apartó, pero sin marcharse de la ciudad, y jamás supo que ellos sí lo hicieron. Queda el amor, piensa, o aquello que intuye que fue amor. Tuvo que serlo.

Hans ya no pasea por la Plöck, aunque nadie lo sepa. Ninguna persona que se cruce con él piensa en que jamás vio a aquel vagabundo, presencia eterna de la ciudad de estudiantes, en aquella calle tan emblemática. Nadie piensa en eso porque a nadie, en realidad, le importa lo que ocurrió. A Hans sí le importa y por eso sigue tratando de olvidar lo que ya, en cierta medida, ha olvidado. Pero quedan trazos inconexos y recuerda, eso no puede olvidarlo, que aquello es campo vedado, territorio de otros, que son objetos de amor pasado. A Hans, mientras piensa esto, le brillan los ojos, los mismos que ya no conocen lo que es llorar, pues ya lo lloró todo cuando comprendió lo perdido. Luego arrinconó en un rincón oscuro lo que ya no le pertenece y desaprendió el llanto. Toda protección es poca.

Le vienen a la mente imágenes de un hombre -él- vestido con un traje pulcro y elegante comprado en tiendas impolutas en las que se le trata de señor y se le atiende con esmero. Hans observa a ese hombre en su oficina, un hombre de éxito. Cansado y apático, pero de éxito. Le observa trabajar, pero también le ve extraer del bolsillo interior de la chaqueta una petaca de la que, tras cerciorarse de que nadie le mira -el mismo gesto de Hans en la Mensa-, bebe un sorbo cada cierto tiempo. Ahí es donde todo comienza a estar borroso.

Luego el hombre de la petaca está sentado en la sillón de un silencioso comedor en penumbra. A través de la ventana se oye el traqueteo de las ruedas de alguna bicicleta destartalada que apenas parece resistir la violencia abrupta de los adoquines. Entra también, atenuada por la leve tela de las cortinas, una luz nocturna, lunar. Es de madrugada. Los niños duermen, la mujer dormita incómoda. O tal vez esté llorando -otra vez-, despierta, aguardando un sueño que no llegará. La tele está apagada. El hombre mira el vacío, pero Hans no es capaz de recordar en qué piensa aquel hombre, qué le causa ese dolor que le convierte en lo que es. Ese ser no llora, apenas está vivo, difícilmente se arrastrará mañana a una oficina en la que cada vez le cuesta más disimular un estado que comienza a ser perenne. Sin la botella a su lado, sin el vaso entre los dedos, el dolor es insoportable. Hans siente pena por ese hombre, triste y abatido, incapaz de amar lo que ama y a quien le ama. Pero Hans no puede salvarle, es demasiado tarde, lo sabe. El futuro es corto, el pasado es inamovible.

La Mensa se ha ido vaciando paulatinamente y los estudiantes que quedan hablan bajo, como asustados. ¿De qué tienen miedo? Hans sigue en su sitio, camuflado con el entorno, y se adentra un poco más en la memoria. El hombre del oscuro salón de la calle Plöck tiene ojeras y es delgado como un alfiler, pero sus ojos emanan furia y la familia tiene miedo. Hans no es capaz de reconstruir la escena, algo lo impide. Sus manos se tensan. Oye gritos en su cabeza, la boca del hombre escupe saliva sobre una mujer aterrada. ¿Dónde están los niños, los hijos? En el salón sólo hay una lámpara de pie que a duras penas ilumina dos cuerpos en lucha. Luego, al último grito, le sigue un portazo. El hombre sale a la calle, en la mano lleva una botella. El hombre llora y Hans intuye -sabe- que sufre. Sus pasos le llevan a alguna parte, pero no sabría decir a dónde se dirige. Sólo sabe que no volverá, no puede regresar, el dolor inflingido es demasiado grande. Comenzará a olvidar, esa misma noche, frente al río.

Hans nunca pidió perdón, ni regresó jamás al oscuro salón de la calle Plöck. No hubiera sabido pedir la absolución de sus faltas, ni hubiera querido aceptar el indulto. Vagó confuso por los lindes de la ciudad. Es fácil esconderse en una urbe como Heidelberg. El Philosophenweg, sendero transitado por turistas y estudiantes, pero inhabitado la mayor parte del tiempo, se convirtió en su casa durante los siguientes meses. Dejó que le creciera la barba que nunca ha vuelto a cortarse. El pelo comenzó a caer sobre sus hombros, la mugre cubrió su rostro, endureció su piel, ahondó sus arrugas. Cambió y dejó atrás el dolor, la pena, la rabia. El alcohol. Se convirtió en Hans y regresó a las calles de la ciudad -jamás a la Plöck-. Nadie le reconoció, o todos guardaron silencio. Poco importa.

El silencio es ya completo en la Mensa. Hans no esperará a que el joven que trabaja detrás de la barra le diga que van a cerrar. Él sabe cuando marcharse. Así que Hans recoge su mirada de ninguna parte y camina despacio hacia la salida. Fuera hace frío, antes de cruzar la puerta se calentará las manos en el radiador. Luego las guardará en los bolsillos para mantener el calor, aunque éste se irá apagando poco a poco. No importa, Hans sabe convivir con el frío como nunca aprendió a convivir con el dolor. Lo sabe, no todo se olvida. Se ha liberado, al fin, del dolor y de la culpa y seguirá vagando, anónimamente, por unas calles que ahora siente más suyas que nunca.

 

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