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Tomar la carretera

que no lleva a ninguna parte.

 

Porque ya nadie habita la ciudad.

Las ventanas son oquedades silenciosas,

lo mismo que tus ojos,

que siguen contemplando ausentes

los rescoldos del incendio,

 

las calles desiertas

en las que el viento es solo un recuerdo,

 

los parques grises de ceniza,

las farolas rotas de penumbra,

las tabernas que rezuman, como siempre,

licores de derrota.

 

Un llanto sobrevuela las ruinas

de un mundo que nunca hicimos nuestro.

 

No hay redención posible

para quienes convirtieron un campo de vida

en una llanura helada carente de amor.

 

©Jorgegutiérrezdiego

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