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Las conversaciones en los bares

y la tibia luz del verano que se apaga,

rocían la ciudad y la corteza de la piel

con los signos de una felicidad

que se extingue como se encendió,

sin alboroto, sin jaleo,

con el temple quedo

de las celebraciones que importan,

y con la sinceridad invisible

que urde las amistades que perdurarán

en el tiempo y en la memoria.

 

©Jorgegutiérrezdiego

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