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El vagón se encuentra vacío. Silencio. De pronto, inesperadamente, irrumpe el silbido que anuncia la partida del tren. Los asientos desocupados del viejo vagón desprenden una extraña sensación de esterilidad y olvido. Me siento incómodo, como fuera de sitio. La ansiedad se apodera de mí e intuyo que no podré controlarla… Decido cambiar de vagón, buscar el calor humano, el rumor de las conversaciones susurradas. Abro la puerta corredera, entro en el siguiente departamento: no hay nadie. Vacío. Silencio. Y esta vez es aún más profundo, más denso. Avanzo, no puedo detenerme. Nada. Los vagones se suceden de manera infinita. Todos están desiertos y se diría que fueron abandonados hace mucho tiempo. Estoy solo. Me paro y observo a través de la ventana: en un andén solitario, muerto, el reloj marca funestamente las doce en punto. El tren se pone en marcha. El ruido que provoca el traqueteo se clava en mí como ya lo hiciera anteriormente el silencio. Me hiere y no sé cómo defenderme. Ninguna persona quiere viajar hacia un destino al que nadie se dirige. Grito, pero ahora el estruendo de la vieja locomotora ahoga mi voz. Emprendo un segundo intento, me cuesta respirar, mi cuerpo tiembla…

Despierto. Estoy empapado en sudor, tengo los ojos inyectados de sangre, siento el temor hundido en mi pecho. Miro a mi alrededor: estoy sentado en un tren en marcha, en el vagón no hay más pasajeros, desconozco a dónde me dirijo.

©Jorgegutiérrezdiego

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