OLYMPUS DIGITAL CAMERALlevo unos días en Edimburgo, en el corazón de Escocia, un país perteneciente a las islas británicas y desconocido para muchos españoles. Las diferencias con nuestro país y nuestro estilo de vida son diversas, pero entre todas ellas una ha despertado mi interés. Se trata de las cafeterías, repartidas incansablemente en cada calle y cada esquina.

 

Franquicias uniformes, con carteles de colores intensos y letras llamativas, señales que nos atraen cada día al mismo sitio que nos sedujo ayer, con la misma fuerza, utilizando el mismo mecanismo. La misma crema blanca y negra que reluce dentro de una taza de color beige y que evoca la porcelana exquisita de las casas inglesas de fin de siglo. Starbucks, Costa, y otras cadenas algo más humildes, se disputan el monopolio de un elemento que es esencial en el ritmo de la sociedad actual: el café.

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn el interior de cada una de ellas se repite siempre la misma colocación del mobiliario, la misma estructura, los mismos elementos, el mismo mostrador y el mismo sistema de atención a los clientes. No hay prisas ni gritos, no hay cafeteras ruidosas que explotan como volcanes en erupción, no hay desayunos variados ni suelos sucios. Tampoco encontraremos detrás de la barra a personas de edad avanzada y pulso deformado por los años, ni asientos incómodos y duros, con barras verticales que arañan y machacan la espalda. Todo es tranquilidad, música suave de fondo, voces calmadas y apenas audibles, atención pausada y amable, relajación en sillones acolchados que acordonan una mesa pequeña y rectangular y que invitan a que no se reúnan más de dos personas a conversar.

 

La estandarización del mundo representada en un pequeño salón; la deOLYMPUS DIGITAL CAMERAspreocupación que procura una buena taza de café y un trozo de pastel expuesto tras cristales transparentes, limpiados hasta la extenuación por el empleado correspondiente. Una enorme cristalera rodea todo el interior, separando a los clientes y a los transeúntes sólo a través de un fino cristal, que incita a los de fuera a unirse al sosiego de los que anidan tranquilos frente a las mesas de color caoba y las enormes tazas rebosantes de líquido negro y espuma espesa. Un embelesamiento sutil. Y eficaz.

      La gente se sienta sola a la mesa, un libro o algún cuaderno en la mano, o simplemente los pensamientos resbalando por las paredes y las gargantas. Encontrar a más de tres alrededor de una mesa se convierte en una misión complicada. El tiempo transcurre despacio, como condensado, detenido en las páginas del libro, en la quietud del espacio, en el silencio del ambiente.

La luz tenue procedente del exterioOLYMPUS DIGITAL CAMERAr enciende las caras de los clientes que apenas se miran, escondidos tras sus máscaras de homogénea tranquilidad. Cada uno enfrascado en su propia vida, que guardan bajo llave en sus respectivas casas, dejando traslucir nada más que lo esencial. Solo lo imprescindible. Viviendo sobre un hilo de liviana indiferencia y despreocupación que no se sabe hasta qué punto es real o ficticio.

 

Y las bebidas calOLYMPUS DIGITAL CAMERAientes se vacían, sucesivamente, sin estruendos ni exclamaciones, sin sonidos de platos que se apilan en un fregadero. Se acaban con la pasividad de quien debe volver con desgana a la vida que dejó a la puerta del local. Cada uno se marcha en una dirección, esquivando las miradas incómodas y por momentos inquisitivas de los demás, que ansían conocer lo que los otros ocultan. Cada uno se marcha, solo, y regresa a lo que dejó atrás para este paréntesis, convertido casi en un rito ineludible dentro de la rutina, algo que comparten y no comparten con los que se sientan a otras mesas. Cada día vuelven al mismo sitio. Cada día la misma mesa, el mismo café, cada día más parecidos sin saber nada del otro.

 

©Jorgegutiérrezdiego

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