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La ciudad se funde en el silencio

de la perfecta sonoridad

de los pasos no dados,

en la perfecta claridad

de las palabras no dichas,

y mis ojos se pierden

en la inescrutable oscuridad

de lo que no pueden ver.

 

Y de repente el clamor

de las gargantas ahogadas

es vida

y mis manos mueren

en la orilla de mis sueños,

para poder tocar, rozar,

lo que no comprendo.

 

Y al abrirse mis ojos,

que a veces quieren ser los tuyos,

no estás tú ni estoy yo,

pues nada perdura;

y tan caducamente perfectos somos

que sabemos desaparecer,

el uno en el otro,

hasta que la calma regrese.

 

©Jorgegutiérrezdiego

 

 

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