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El silencio era un colchón incómodo. Ella estaba sentada a pocos palmos de mí, preciosa, satisfecha, horriblemente perfecta en todos sus gestos. No había cambiado nada. Mi barba, sin embargo, denotaba el cansancio, el hastío, el miedo a que el tiempo hubiera hecho mella en demasiadas cosas. El vaso en sus manos se sostenía como las hojas de los árboles, sujeto escasamente pero firmemente unido; el mío se movía veloz desde mis dedos a la mesa. Sus labios besaban el hielo, mordían el vidrio, sonreían audaces. Yo esperaba una señal que no llegaba, o que no advertía. El miedo y la espera ahogaban mi atrevimiento. Suavemente, el tiempo se fue consumiendo, el silencio fue apretando cada vez más. Ella se cansó de aguardar el momento, o de la simple visión de mi figura, y yo me cansé de creer que la valentía fuera a aparecer sin motivo.Su silueta desfigurada por la oscuridad del rellano dolió casi tanto como el portazo que la disolvió del todo. En la habitación, ahora vacía, con dos vasos irónicos sobre la mesa, el miedo y el silencio se fundieron en el aire para burlarse de mí. Lo hicieron durante mucho tiempo.

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